lunes, 18 de abril de 2016

Desarrollo personal con juegos de mesa

Nuestra calidad de vida depende de la calidad de nuestros pensamientos, y nuestra percepción y disfrute de la vida depende de nuestras creencias. Tanto nuestros pensamientos como nuestras creencias se deben en parte a nuestra educación, la cultura y sociedad en la que vivimos, nuestras vivencias pasadas y nuestras reflexiones sobre las mismas; esto quiere decir que se pueden cambiar y mejorar, que no son fijas e inmutables.

Podemos mejorar nuestra calidad de vida, nuestra percepción y disfrute de la misma cambiando y mejorando nuestros pensamientos y nuestras creencias. Que sea posible no significa que sea fácil, rápido o sencillo; como la mayoría de las cosas, requiere dedicación y tiempo hasta que se adaptan e instauran los cambios.


¿Cómo conseguirlo? ¿Qué hacer y cómo dedicar el tiempo necesario para ello? También como la mayoría de las cosas, es más fácil dedicar tiempo a algo que nos gusta y nos agrada antes que a cosas que nos aburren o desagradan. Por ello, nuestra propuesta es lograr estos cambios a través de actividades agradables y emocionantes, como por ejemplo en este caso, los juegos de mesa.

Los juegos, de todo tipo, son una de las primeras y principales maneras de aprendizaje en el ser humano y otros tantos animales. Los juegos nos permiten aprender experiencialmente, esto es por propia vivencia, no por oídas. Nos permiten experimentar en nuestra piel y por nosotros mismos, probar, acertar y errar sin miedo a una condena o reproche social, todos podemos equivocarnos jugando y no pasa nada grave, es sólo un juego. Las diferentes inteligencias y el desarrollo alcanzado en cada persona dependerá de la experiencia que haya tenido en cada campo, cuanta más experiencia y práctica en un determinado campo más maestría y soltura tendremos.



Por mucho que nos hayan informado o contado las cosas mil veces, nada es comparable a la propia experiencia. Es por ello que las diferentes recreaciones que vivimos en los juegos nos aportan mucho más que la simple lectura o escucha de casos y desarrollos. Los juegos son una poderosa herramienta educativa y un genial sistema para generar compromiso, pues ofrecen: un sistema de recompensas y reconocimiento, realimentación rápida, metas y reglas de juego claras, un entorno o una historia que confiere sentido a actividades repetitivas o aburridas y desafíos alcanzables, desglosados en pasos manejables. Estas características nos permiten dedicar con agrado e interés el tiempo necesario para generar ese cambio y mejora mental que queremos alcanzar.

Hay mucho que podemos aprender y obtener mediante la práctica consciente de juegos de mesa. Quizás uno de los aprendizajes más simples, tempranos y potentes sea: ¿Cuál es el objetivo del juego? Es una de las primeras respuestas que hay que comprender al empezar a jugar a cualquier juego, es lo que va a dar sentido a todo lo demás, el conjunto de reglas, acciones posibles y estrategias a adquirir. Algo tan obvio y claro en un juego de mesa, puede no estar tan claro en la mayoría de las vidas, ¿cuál es el objetivo de mi vida?Según sea la respuesta, así adoptaremos unas acciones u otras en función de la estrategia escogida para alcanzar ese objetivo.

¿Quieres aprender más? Pronto anunciaremos los talleres prácticos de juegos de mesa y desarrollo personal, para que esto no quede en palabras, sino en experiencia.

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A disfrutar la Vida!! ;)

martes, 30 de junio de 2015

Vivir para contarlo

Vuelvo a incidir sobre esta especie de gusto que no pasa de moda: vivir para contarlo. No entraré esta vez en el hecho de hacer fotos a todo, ya lo comenté mis reflexiones sobre ello en la entrada titulada consumiendo la vida. Esta vez quiero tratar una sutil diferencia, una diferencia que puede resumirse en tiempos verbales: VIVIR ¿en gerundio o participio?


Ya aviso que vuelve a ser una reflexión absurda como tantas otras y que la gracia no está en leerlo o pensarlo sino en vivirlo. Se ha desatado con esta sencilla frase: “El mundo no está hecho, se está haciendo, y tú con él”. La he encontrado en el libro “El camino de los sabios” de Walter Riso, en él trata de exponer aquellas ideas de los principales filósofos clásicos, que él considera más útiles actualmente para aumentar nuestra calidad de vida y nuestro crecimiento personal. Me están gustando varias ideas y de momento sólo llevo 50 páginas.

Mi pregunta o reflexión es muy sencilla, ¿qué tiempo verbal prima en nuestra vida? ¿Somos de participios? ¿De hechos finalizados y pasados? ¿Vivimos acumulando cosas y experiencias en tiempo pasado y terminado? Creo que en ocasiones vivimos cosas que saboreamos o disfrutamos más o menos poco por llegar a alcanzar el título, por superar la etapa y poder almacenar el galardón. Por ejemplo: soy licenciado, parece que es lo que tiene mérito, que te estés licenciando se asocia a esfuerzo, a incompleto y en ocasiones le restamos valor. Parece que lo que vale es lo que has acabado, no aquello que estés haciendo ahora. Parece que adquirir experiencia en un campo no es algo de lo que enorgullecerse hasta que no llegue el momento en el que puedas ostentar el título.


Cómo ya reflexioné en otra ocasión, pasamos más tiempo en los caminos que en las metas, no nos paramos a vivir en las metas, sino que vivimos en los caminos. Así visto considero que es más sensato poder disfrutar de los caminos que de las metas, puesto que estas no son donde mayor tiempo de vida pasamos. Buscando un ejemplo creo que es como elegir un gran hotel para un par de noches y vivir en resto del año durmiendo en pensiones. Si bien ciertas metas son soportes que nos permiten acceder a nuevos caminos y creo que por eso perseguimos alcanzar esas metas, porque nos abren puertas a nuevos caminos que queremos recorrer, o eso creemos desde aquí.

Esto sería vivir en participios, esperar a completar procesos para poder disfrutarlos o contabilizarlos. Existe otra opción que es probar los gerundios: viviendo, aprendiendo, haciendo, descubriendo, construyendo, creando, experimentando. Vivir procesos en desarrollo en vez de procesos finalizados o títulos. Y la vida creo que mayoritariamente es gerundio, es como la frase que dice el movimiento se demuestra andando, la vida se demuestra viviendo; la vida es un proceso que se experimenta, no es un estado. Podemos filosofar sobre ello todo lo que queramos por el simple placer de hacerlo o procurando mejorar mediante el conocimiento la experiencia de la vida.


Aunque solemos decir que “algo está vivo”, visto así no sería lo más correcto, lo más adecuando es decir que algo vive o esta viviendo. Vivir no puede ser un título ni un estado que se alcanza, vivir es un proceso. Muerto es un estado, la muerte es estable, se alcanza y se mantiene, la vida es inestable, la vida es equilibrio, es dinámica y cambia constantemente, lo que no cambia está muerto, vivir es un proceso, vivir se experimenta en gerundio.

Simplemente una reflexión que sirva como recuerdo sobre estas pequeñas diferencias, algo que quizás nos permita disfrutar más la vida durante los procesos sin tener que esperar, aspirar y únicamente valorar el proceso terminado, el estado y título adquirido. No pensemos en nosotros sólo como nuestros estados terminados y estables, sino como procesos, como desarrollos, como movimientos, crecimientos y avances, somos organismos vivos, estamos viviendo, respirando, creciendo, cambiando. Aunque hayamos alcanzado algunos títulos no nos limitemos sólo a ellos, ampliemos nuestra consideración a todo el abanico de procesos dinámicos en los que estamos inmersos y que estamos experimentando constantemente. No somos procesos terminados, somos procesos en constante desarrollo y mejora, disfrutemos nuestros procesos y caminos!



Quizás ha sido una reflexión un poco enrevesada, espero que hayas podido servirte de algo, no te preocupes si no es así, quizás dentro de un tiempo estas palabras tengan algún sentido para ti. En caso de duda, disfruta lo que puedas :)

lunes, 22 de junio de 2015

Las edades de la Vida y sus valores

Hay una frase que seguro que habréis escuchado alguna vez, o incluso la habréis dicho o vivido: “Enamorada como una adolescente, he vuelto a tener 16 años”. ¿Verdad? Supongo que si hemos tenido un poco de suerte a esa edad andábamos enamorados, es la época más revolucionaria para las hormonas y cuando normalmente empezamos a explorar el mundo del amor y sus intensas emociones. Para según quienes habrá sido una época bonita y de recuerdo agradable o una época dura a la que muchas personas no quisieran volver por nada del mundo. Yo soy de los primeros, en general tengo un recuerdo agradable de casi todas las épocas de mi vida y especialmente de mis 16 años, una época en la que empiezas a sentirte un joven adulto todopoderoso y en la que tuve la convicción de que iba a comerme el mundo.


Por aquella época tenía un grupo de amigos que eran tres o cuatro años mayores que yo, lo cual sumó libertad y muchas más posibilidades a mis opciones de vida, teníamos coche y libertad para viajar a cualquier lugar sin hora o día de vuelta. Los días de aquellos veranos eran siempre ricos en opciones y llenos de experiencias. Y un día sucedió algo que es lo que viene al cuento, no recuerdo muy bien la situación con todos los detalles, recuerdo lo importante. Un par de personas estaban discutiendo y en un momento una de ellas preguntó a la otra: “Pero tú ¿cuántos años tienes?” A lo cual la esta respondió: “22, ¿y tú?” Quien preguntó respondió: “¿22 años? ¿22 años? ¡19 años tengo yo! Y esos ya no los vuelves a tener tú, ¡en tu vida!” Esta respuesta provocó carcajadas generales y se acabó la discusión.

En su momento quedó como algo gracioso y sin más, pero hace tiempo leí algo referente a vivir acorde a nuestra edad y lo volví a recordar. Según vamos cumpliendo años nuestras prioridades e intereses van cambiando y nosotros cambiamos y evolucionamos conforme a ellos y a eso parece que lo llamamos madurar. Con 8 años seguramente la política nos importaba bien poco y lo más importante era tener amigos con los que jugar, con 16 años quizás lo que más te importe sea aprobar los exámenes, tener algo de dinero y que la persona que te guste te haga caso. Con 20 años estás buscando trabajo, trabajando o sigues estudiando, (salvo que seas un NINI, de eso entonces yo no puedo hablarte) y uno de tus grandes logros es tener el carnet de conducir y quizás hasta coche propio. Con 22-23 años habrás tenido alguna crisis existencial o personal y quizás no sepas ni lo que quieres, ni lo que importa, ni lo que se supone que deberías querer o valorar, sigue adelante es normal, no es el fin del mundo. Con 25 años si has acabado la carrera (y el máster o doctorado o lo que toque) tu principal objetivo será trabajar de aquello que has estudiado (o de lo que se pueda).


Y a partir de los 25 años suele empezar la aventura (en caída libre). Hasta ahora parece que tenías metas marcadas, checkpoints que ir cumpliendo y alcanzando. Y es ahora cuando se supone que empiezas a dirigir tu vida y no quedan muchas más señales o hitos establecidos que alcanzar en la vida. Se supone que un trabajo (¿estable?), coche propio, una casa propia (¿o alquilada?), pareja estable ¿y familia? Quizás sea el momento para una nueva crisis existencial, o quizás no tengas tiempo para ello porque resulte que sí que tengas un trabajo y este te consuma tanto tiempo y energía que no tengas suficiente tiempo libre para pensar qué quieres hacer con tu vida y sólo sepas lo que tienes que hacer en el trabajo.

No puedo leer más allá de los 30, no sé personalmente cuáles son los retos, intereses o preocupaciones de las siguientes edades, sospecho que siguen siendo el trabajo, la pareja, la familia, la salud y el dinero. Lo que sí sé es que hay algo de lo que quizás no seamos conscientes a diario. Los años pasan y no vuelven, queramos o no volver a ellos, no volverán, los años pasados no los volveremos a vivir, forman ya parte de nuestro pasado y parece imposible volver a ellos. Parece que estamos condenados a vivir hacia adelante, a seguir avanzando año tras año por la vida sin retorno, y eso los afortunados que siguen sumando años en la vida. Recuerda esto cuando quizás te amargue envejecer, que hay quienes no tienen esa suerte o privilegio y ya dejaron de jugar entre nosotros. Lo que si parece posible es volver a experimentar algunas de las sensaciones que hemos vivido en esos años pasados. Podemos volver a ilusionarnos y disfrutar como niños, podemos volver a enamorarnos como adolescentes, podemos volver a cometer temeridades como antaño... ¿Y sólo eso?


Creo que no sólo eso, y aquí es donde viene la gran diferencia para mí. No tenemos la edad que tenemos ahora, no sólo tenemos esa edad; tenemos en nosotros todas las edades que ya hemos tenido. Seguimos teniendo en nosotros la ilusión de un niño de 8 años, las aspiraciones de un adolescente, la experiencia de un graduado, la veteranía y saber hacer de quienes llevan unos cuantos años de trabajo a sus espaldas. No estamos condenados a vivir sólo la edad que tenemos ahora, eso no es más que una opción, tenemos todas las habilidades y opciones que hemos tenido a lo largo de la vida, aunque a veces lo olvidemos y juguemos sólo con las cartas propias de nuestra edad actual. Podemos disfrutar como niños aún teniendo 40 años, podemos amar sin miedos como si tuviéramos 17 años, obviando desilusiones, temores y traumas pasados, en serio, intentadlo ;).

Podemos mirar al mundo con la ilusión de un joven, con la mente llena de ideas y de posibles, en vez de con la vista cansada de quien ha visto demasiados imposibles. Recuerda que así como vemos nuestros futuro vivimos nuestro presente. Utiliza bien todas las herramientas que tienes, elige cómo quieres ver la vida, cómo quieres vivirla. Si necesitas la inocencia de la infancia, la ilusión de la adolescencia y la fuerza, el arranque y el empuje de la juventud hazlas tuyas tengas la edad que tengas y sírvete bien de todo lo que es tuyo. Todas las edades que has tenido y todas sus ventajas están en ti esperando que las recuerdes, las desempolves y vuelvas a darles vida. La Vida es una gran aventura, vívela a tu gusto!


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